Ciudades y crecimiento regional (parte I): de la economía de las regiones a la economía de las ciudades


Recientemente se ha empezado a distribuir en las librerías el manual “Economía Urbana y Regional. Introducción a la Geografía Económica” que edita Thomson-Civitas y que he tenido la oportunidad de realizar junto a, o quizá sería más preciso diciendo aprendiendo de, Mario Polèse. El Profesor Polèse dirige una Cátedra de Economía Urbana y un Laboratorio de Investigación Económica Regional en Montreal (Canadá). Es uno de los economistas urbanos de mayor prestigio internacional siendo especialmente reconocido en Canadá, Estados Unidos o Latinoamérica. Cuando nos planteamos hacer juntos este texto, que ahora intentamos difundir para su uso en las Facultades de Economía y Empresa de España y Latinoamérica, nos dimos cuenta de la oportunidad de un manual que, entre otras cosas, tratara de recoger la esencia del cambio que se ha venido produciendo en la Economía Regional en los últimos años. Ese cambio podría resumirse con el título de este artículo con el doy inicio una breve serie de tres: estamos pasando de la economía de las regiones a la economía de las ciudades.
Durante muchos años la disciplina de la Economía Regional ponía el acento en el territorio. La aportación esencial de este campo de especialización ubicable dentro del ámbito de la Economía Aplicada era la de introducir el espacio en el análisis económico. Muchos economistas olvidan que la actividad económica, como cualquier actividad social, se desarrolla en un espacio dado: un territorio o región. Este espacio esta caracterizado por una base física (recursos, orografía…), una posición y unos rasgos geográficos que condicionan de manera crucial su evolución económica. Asturias es, sin duda, un buen ejemplo de una región ampliamente condicionada por sus recursos naturales, su orografía o su posición; su espacio en definitiva. Su especialización industrial, así como su acenso y declive ha venido unida a la evolución de un recurso natural relativamente abundante en nuestro territorio: el carbón. Del mismo modo los problemas para la recuperación de la región están insondablemente unidos a su posición, alejada del eje de desarrollo principal del país durante las tres últimas décadas: el eje del Ebro que abarca a las regiones del noreste peninsular.
Resulta evidente que el amplio desarrollo acumulado por las tecnologías de transporte y comunicación y las transformaciones operadas en las modernas economías han reducido la importancia de la orografía o de los rasgos naturales de los territorios. Las economías más avanzadas empiezan a basar su estructura productiva en actividades de servicios fácilmente transportables y poco dependientes de los recursos naturales del entorno en el que operan. Esto no significa, sin embargo, que el espacio, entendido de modo amplio, haya dejado de ser importante como algunos autores equivocadamente aventuraban. Lo que ha ocurrido más bien es que poco a poco el acento se ha ido trasladando a la que ha sido otra de las grandes aportaciones que también tiene su origen, al menos en parte, en la Economía Regional: el concepto de economías de aglomeración, y dentro de ellas, y de modo más preciso, las llamadas economías de urbanización.
Las grandes concentraciones de población en un espacio reducido, las aglomeraciones urbanas, desatan una serie de efectos económicos positivos trascendentales para la competitividad de las empresas más intensivas en conocimientos, como los servicios avanzados. Al convivir y cooperar profesionales de muchos tipos se multiplican las interacciones y surgen nuevas ideas y proyectos. Piénsese en la cantidad de talentos que están detrás de un producto exitoso de hoy en día como, por ejemplo, un teléfono móvil: necesariamente cooperan diseñadores, ingenieros, informáticos, economistas… La complejidad de los mercados y de los productos exige disponer de talentos muy variados y a veces muy escasos que solo abundan en una gran aglomeración urbana en la que convivan, cooperen y compitan empresas diversas, universidades, centros de investigación, de arte o de cultura... Estamos hablando, en definitiva, de una gran ciudad. Toda empresa intensiva en conocimientos buscara ubicarse en el centro, o muy cerca del centro, de una gran aglomeración urbana con la intención de captar los beneficios que se desatan en el seno de estas metrópolis de gran tamaño. Solo allí abundan los recursos humanos y con ellos las ideas y los talentos.
Las grandes ciudades tienen otra gran ventaja. En ellas es más fácil disponer de grandes y costosas infraestructuras, tales como grandes aeropuertos, puertos o redes de comunicación. Estás se hacen perfectamente posibles cuando se puede repartir el coste de su construcción y mantenimiento entre una base fiscal, una población, de gran tamaño. Además esa gran población asegura el éxito de la infraestructura ya que se le dota pronto de la actividad o contenido que permite su máximo aprovechamiento. Un aeropuerto de la dimensión de Barajas solo es posible en Madrid tanto por el volumen de negocio que la propia ciudad genera como por el reparto de costes de construcción y mantenimiento del mismo entre una gran población.
Todos estos efectos positivos derivados de la aglomeración de personas y empresas en un espacio reducido son denominados en la literatura especializada como economías externas de aglomeración del tipo de urbanización.
La ciudad, la gran ciudad, se ha puesto así en el centro del desarrollo económico de los territorios. Ser periférico queda ahora definido como el hecho de estar alejado de una gran urbe. Ser central es, por el contrario, ser o estar muy cerca de una gran metrópoli. Asturias es así periférica en la medida que esta lejos de Madrid, Barcelona, París o Londres, por mencionar cuatro ejemplos de centros europeos de primer orden. Aunque tanto miramos a nuestro entorno que no nos damos cuenta de nuestras propias potencialidades. Asturias no contiene ninguna metrópoli concreta de primer orden pero en el centro de la región existe una conurbación urbana que se aproxima a los 800 mil habitantes. El área central de Asturias es, en realidad, una aglomeración urbana con el tamaño suficiente como para generar las tan importantes economías de urbanización. Esté área central es, sin embargo, una realidad urbana muy particular al estar dispersa en varios núcleos. Es por ello que con facilidad no se desaten los efectos positivos esperados que ocurren en otras concentraciones de similar tamaño pero menor dispersión, como Bilbao. Debemos estar muy atentos a cómo podemos impulsar el que puede ser el principal recurso de la región de cara a su evolución futura: nuestras ciudades y la aglomeración de talentos humanos que en ellas conviven.
Publicado en La Nueva España el 4 de abril de 2010

1 comentario:

  1. Ver la interesante editorial de La Nueva España del 28 de marzo de 2010 sobre el tema de la capitalidad europea de Asturias:

    http://www.lne.es/opinion/2010/03/28/defensa-candidatura-asturiana-capitalidad-europea/893180.html

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