La Universidad de Oviedo en el Ranking de Shanghái: claves para entenderlo

Recientemente, la Universidad de Shanghái ha publicado su Ranking Académico de las Universidades del Mundo (ARWU), más conocido como Ranking de Shanghái. En él se delimitan y ordenan, conforme a una serie de criterios, las 1.000 mejores universidades del planeta. La Universidad de Oviedo sigue siendo una de ellas, aunque en el último año ha experimentado un llamativo descenso. La universidad pública asturiana ha dejado de estar en el tercer cuartil, entre las 700 mejores, para ubicarse, por primera vez, en el último cuartil del listado, entre las 900 mejores. Esta caída ha preocupado y suscitado un lógico debate en la región. Pero, para abordarlo con solvencia, creo necesario hacer algunas precisiones sobre cómo se elabora este ranking y qué motivos han provocado realmente la pérdida de posiciones relativas de nuestra universidad.

¿Qué es y cómo se elabora el Ranking de Shanghái?
Evaluar el desempeño de una universidad es una tarea extremadamente compleja. Toda universidad enfrenta una triple «misión» (usando el término de Ortega y Gasset): (i) la docente, (ii) la investigadora y (iii) la de transmisión del conocimiento y/o impacto social. Cada aspecto por separado es complejo de evaluar, pero la conjugación de los tres lo hace casi imposible. Si, además, queremos comparar muchas universidades que tienen tamaños, presupuestos, objetivos y contextos absolutamente diferentes, la complejidad se multiplica. Si la ambición es plantearse evaluar y clasificar todas las universidades del mundo, con niveles de desarrollo nacional o continental, contextos normativos y realidades absolutamente dispares, estamos ante un ejercicio cuyo resultado será siempre cuestionable.
A pesar de ello, hay muchos intentos de hacerlo con rigor. El que se ha ido configurando como uno de los más aceptados es el Ranking de Shanghái, que recibe este nombre porque lo elabora anualmente la Universidad de Shanghái. Pero este ranking está muy sesgado en diversos aspectos. En primer lugar, evalúa fundamentalmente la dimensión investigadora. La calidad docente o el impacto de la transferencia apenas son tenidos en cuenta. En realidad, valora principalmente la investigación de carácter científico-técnico, por lo que instituciones con un fuerte peso en humanidades o ciencias sociales son penalizadas. Además, considera sólo resultados de investigación de trascendencia global, por lo que universidades más centradas en una investigación apegada a su tejido empresarial o realidad territorial vuelven a ser penalizadas.
Para hacernos una idea, sin aburrir al lector, uno de los componentes fundamentales de la puntuación en el indicador (30 % del total) con el que luego se establece la ordenación es el número de premios Nobel o medallas Fields que la universidad tiene entre sus profesores o graduados. Esto es algo con lo que las universidades «normales», las que no están entre las 100 primeras del mundo, no podemos ni soñar. Otro elemento fundamental es el número de publicaciones en las revistas científicas «super top» (las que están entre el 1 % de las mejores revistas del mundo). Cualquier universidad española publica alguna vez en estas revistas, pero tampoco es algo qué podamos conseguir con suficiente frecuencia como para qué se refleje en el indicador. El peso fundamental para las universidades buenas pero normales, como Oviedo, recae en el número de publicaciones con alto impacto. En este aspecto se establece un factor corrector per cápita, por lo qué resulta especialmente valioso tener «estrellas de la ciencia», es decir, investigadores «superproductivos» en términos de publicaciones. 
Una universidad puede ser excelente en términos de calidad docente, ejemplar en investigación aplicada, brillante en la generación de un increíble impacto social en su entorno… y ni siquiera aparecer en el ranking por cómo está configurado. En definitiva, el Ranking de Shanghái es un instrumento valioso para clasificar a «los mejores de los mejores» (las 100 mejores universidades del mundo), pero muy deficiente para evaluar al resto.

¿Por qué ha perdido posiciones la Universidad de Oviedo en el Ranking de Shanghái?
Teniendo en cuenta cómo se elabora el ranking y el tamaño, el presupuesto y la vocación de la Universidad de Oviedo, es sorprendente que se ubique tan bien en él: normalmente cerca de la zona central y siempre próxima a las mejores universidades de España.
En la última edición la caída sorprende, pero no se debe tanto a causas propias como a un fuerte aumento de la competitividad internacional. Múltiples universidades asiáticas, más de un centenar, fundamentalmente chinas, han entrado con fuerza en el ranking, ocupando puestos entre las 500 mejores y desplazando hacia abajo a casi todas las universidades europeas y a prácticamente todas las españolas. Es decir, no es que lo hagamos peor en Oviedo, sino que han aparecido muchas universidades que lo hacen muy bien. Con los mismos indicadores perdemos puestos. Para no ser complacientes, es cierto que, en los últimos años, se han jubilado algunas de nuestras «superestrellas científicas», como el profesor López-Otín. Las universidades públicas españolas prácticamente expulsan a sus grandes profesores jubilados en una práctica sin sentido que no se realiza en ninguna universidad del resto del mundo. El efecto de perder a estas «superestrellas» se nota en varias decenas de puestos en el ranking. Pero la pérdida de más de un centenar de puestos se debe a la creciente competencia internacional.

¿Se puede hacer algo para recuperar puestos?
Se pueden ganar muchos puestos con una estrategia aparentemente sencilla de «fichajes». Se trataría de identificar áreas en las que nuestra universidad ya sea muy buena y reforzarlas «fichando» investigadores e investigadoras internacionales de gran potencial. Pero una estrategia de este tipo, aparentemente sencilla y que produciría efectos en pocos años, choca de frente con las rigideces del sistema de empleo público y los topes salariales que se establecen. Además, cualquiera de estas promesas internacionales saldría huyendo en cuanto viese lo terrible que es la gestión de la investigación en las universidades públicas españolas en general y, de un modo dramáticamente particular, en la Universidad de Oviedo. Habría que remover normas y modos de pensar y actuar hasta las raíces para simplemente «fichar» y retener a un científico o científica consolidado que nos haga subir unas decenas de puestos.
Si no podemos luchar contra el sistema, la otra opción es cuidar mucho nuestra propia cantera de científicos. Premiar ampliamente a los equipos y personas que consiguen buenos resultados mediante ayudas y reducción de otras tareas. Impulsar y atraer joven talento. Y, por supuesto, mejorar con urgencia la gestión de la investigación. Haciendo esto podremos mantenernos y, si hay suerte, subir algunos puestos. Pero no esperemos milagros.

¿Debemos desarrollar una estrategia pensando en mejorar en el Ranking?
En mi opinión, el puesto que tengamos en el Ranking de Shanghái es absolutamente intrascendente. Por la estructura, presupuesto, realidad y vocación de la Universidad de Oviedo, es casi imposible estar entre las 500 mejores del mundo. Simplemente por una cuestión de valor reputacional sería valioso lograr mantenernos dentro de las 1.000 mejores según este indicador, aunque sea tan sesgado. Por ello, convendría escapar de los puestos de cola, pero nunca me obsesionaría diseñando una estrategia pensada para subir puestos en el ranking. Lo importante es desarrollar una estrategia consistente para mejorar nuestra investigación, hacerla más valiosa para la región y mejorar la calidad docente. Si alcanzamos este objetivo, los avances en el ranking vendrán asociados.

Un apunte final: la Universidad de Oviedo, «un Ferrari con el freno de mano puesto»
Permítaseme concluir con una cuestión final. En el ranking aparecen 30 universidades españolas. Solo una de ellas es privada: la Universidad de Navarra. El resto son universidades públicas. Las privadas que desembarcan en Asturias no pueden ni siquiera soñar con un puesto como el que tiene, y por el que se lamenta, la Universidad de Oviedo. No perdamos esta perspectiva. Según el Ranking de Shanghái, y muchos otros indicadores que miden otras dimensiones, nosotros, la Universidad de Oviedo, «somos el Ferrari»… solo que, mientras no mejoremos la gestión de la investigación y alineemos consistentemente los objetivos, la verdad es que «lo llevamos con el freno de mano puesto».

Publicado en La Nueva España el 23 de agosto de 2026

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